Ocurre de forma inesperada, puede pasarle a cualquier persona y los primeros minutos son decisivos. Sin embargo, la mayoría de los entornos laborales no están preparados para enfrentarlo. Derribamos los mitos más comunes y explicamos por qué la preparación puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
¿Por qué hablar de esto en el trabajo?
Las enfermedades cardiovasculares son, desde hace años, la principal causa de muerte en el mundo. Según la Organización Mundial de la Salud, en 2019 fueron responsables del 32% de todas las muertes a nivel global. En Argentina, el panorama es igualmente serio: la enfermedad cardiovascular lidera el ranking de muertes en adultos con 280 fallecimientos por día.
El trabajo ocupa entre un tercio y la mitad de nuestro tiempo diario. No es extraño, entonces, que algunos de estos eventos ocurran dentro de una oficina, una planta, un comercio o una reunión. Más del 70% de los casos de muerte súbita se producen en el ámbito extrahospitalario: el hogar, el trabajo, los campos deportivos u otros lugares públicos. Esto convierte a los compañeros de trabajo en los primeros que pueden —y deben— actuar.
¿Qué es exactamente un paro cardíaco?
Antes de entrar en los mitos, vale la pena aclarar qué es lo que estamos hablando. Un paro cardíaco ocurre cuando el corazón deja de latir de manera repentina e inesperada, interrumpiendo el flujo de sangre al cerebro y al resto del cuerpo. No es lo mismo que un infarto —aunque un infarto puede desencadenarlo—. En muchos casos, la causa es una arritmia severa: el corazón pierde su ritmo normal y deja de funcionar como bomba.
La persona pierde el conocimiento en segundos. Sin intervención inmediata, el daño cerebral comienza a los pocos minutos.
Los mitos que pueden costarnos caro
«Eso solo le pasa a personas mayores»
Es el mito más extendido y uno de los más peligrosos. Si bien la edad es un factor de riesgo, los paros cardíacos pueden ocurrirle a adultos de cualquier edad, incluso a personas jóvenes y aparentemente sanas. Hay casos documentados en deportistas, personas sin diagnóstico previo y trabajadores en plena actividad laboral. La edad no es un escudo.
«Si alguien tiene un paro, no hay nada que hacer hasta que llegue la ambulancia»
Falso, y es posiblemente el mito más costoso. Cada minuto sin RCP reduce las probabilidades de supervivencia en un 10%. El tiempo de respuesta de una ambulancia suele superar los 8 minutos. Eso significa que, sin intervención de los presentes, las chances de sobrevivir se reducen dramáticamente antes de que llegue la ayuda profesional. Actuar es posible, y actuar salva vidas.
«Hacer RCP es complicado y puedo lastimarla»
La RCP —reanimación cardiopulmonar— consiste en realizar compresiones firmes y rítmicas en el centro del pecho. No requiere conocimientos médicos para aprenderse. Existe formación accesible para cualquier persona, y los protocolos actuales son simples. El temor a «hacerlo mal» no debería paralizar a nadie: una persona en paro cardíaco ya está en la peor situación posible. Hacer algo siempre es mejor que no hacer nada.
«El desfibrilador (DEA) solo lo puede usar un médico»
Incorrecto. Los desfibriladores externos automáticos —los dispositivos que aparecen en aeropuertos, shoppings y lugares públicos— están diseñados para ser utilizados por cualquier persona. Estos dispositivos guían al usuario paso a paso con instrucciones de voz, analizan el ritmo cardíaco y recomiendan cuándo aplicar la descarga. No se necesita ser profesional de la salud para usarlos.
Los factores de riesgo que el trabajo potencia
El entorno laboral puede ser, en muchos casos, un ambiente que favorece la acumulación de factores de riesgo cardiovascular. El estrés crónico, el sedentarismo propio de los trabajos de escritorio, los horarios extendidos, la alimentación irregular y el poco tiempo para el descanso forman una combinación que, sostenida en el tiempo, daña el corazón de manera silenciosa.
A eso se suman factores individuales como la hipertensión, el colesterol elevado, el sobrepeso y el tabaquismo —muchos de los cuales una persona puede tener sin saberlo, por falta de controles médicos periódicos. El trabajo no genera el paro cardíaco por sí solo, pero puede ser el escenario donde años de riesgo acumulado se manifiestan de golpe.
Cada minuto cuenta: por qué la respuesta inmediata lo es todo
La desfibrilación dentro de los primeros 3 a 5 minutos del colapso puede producir tasas de supervivencia muy altas, de entre el 50 y el 70%. Con el desfibrilador utilizado antes de los cuatro minutos, las probabilidades de sobrevivir pueden alcanzar el 80%. Son números que no dejan lugar a dudas.
La cadena de supervivencia ante un paro cardíaco tiene pasos claros: reconocer la situación, llamar al servicio de emergencias, iniciar RCP de inmediato y usar un desfibrilador si hay uno disponible. Cualquier persona puede completar esa cadena. No hace falta un título universitario ni años de entrenamiento.
Las empresas tienen un rol activo
Un paro cardíaco en el trabajo no es solo una tragedia personal: es también una señal de que el entorno no estaba preparado. La cardioprotección empresarial —que incluye la disponibilidad de desfibriladores, la capacitación básica del personal y los protocolos de acción— no es un lujo ni una exigencia burocrática. Es una decisión concreta que puede salvar la vida de un colega, un cliente o un visitante. En Argentina, esta responsabilidad está respaldada por la Ley Nacional N° 27.159 de Prevención de la Muerte Súbita, la cual establece la obligatoriedad de que los espacios públicos y privados con acceso público masivo sean Espacios Cardioprotegidos. Esta normativa no solo busca dotar a las empresas de herramientas técnicas, sino institucionalizar la respuesta ante emergencias.
Capacitar a los equipos en RCP y uso del DEA no requiere grandes inversiones ni demasiado tiempo. Requiere, sobre todo, que alguien en la organización lo ponga en la agenda como una prioridad real.
La próxima vez que alguien en tu empresa diga «eso no va a pasar acá», es buen momento para recordar que el paro cardíaco no avisa, no distingue edades y no espera. Pero nosotros sí podemos prepararnos.
¿Tu empresa tiene protocolo de emergencia cardíaca? ¿Hay un desfibrilador disponible? ¿Alguien sabe usarlo? Esas tres preguntas valen la pena hacerse hoy.