El estrés forma parte de la vida cotidiana, pero cuando se vuelve constante puede convertirse en un enemigo silencioso para el corazón. Aunque todavía no existen estudios concluyentes que lo ubiquen como un factor de riesgo cardiovascular “principal”, la práctica médica demuestra que quienes manejan mejor el estrés tienen menos probabilidad de sufrir un evento cardíaco.
Por eso, desde hace años los especialistas recomiendan prestar atención a este estado que, cuando se prolonga, termina impactando en el bienestar general y en la salud del sistema cardiovascular.
El estrés como factor de riesgo cardiovascular
Según el Texas Heart Institute, los factores de riesgo se dividen en dos grupos:
- Principales: aquellos con evidencia científica sólida de que aumentan el riesgo cardiovascular (hipertensión, colesterol elevado, tabaquismo, diabetes).
- Contribuyentes: los que podrían elevar el riesgo, pero cuyo rol exacto aún no está del todo definido. Aquí se incluyen las hormonas esteroideas, los anticonceptivos orales y el estrés.
Aunque todavía no hay suficiente nivel de evidencia para afirmar “el estrés es un factor de riesgo cardiovascular”, la evidencia epidemiológica y mecanística demuestra que tanto el estrés agudo como el crónico aumentan el riesgo de eventos cardiovasculares, incluyendo enfermedad coronaria, accidente cerebrovascular, insuficiencia cardíaca y arritmias, independientemente de los factores de riesgo tradicionales. El estrés psicosocial activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal y el sistema nervioso simpático, lo que genera respuestas neuroendocrinas e inmunológicas que favorecen la disfunción endotelial, la inflamación arterial y la aceleración de la aterosclerosis. Estudios longitudinales han demostrado que el estrés crónico, especialmente por factores como dificultades financieras, laborales o sociales, se asocia con mayor incidencia de eventos cardiovasculares y peor pronóstico en pacientes con enfermedad establecida.

Señales de que el estrés puede estar afectando tu salud
El cuerpo suele advertir cuando está sobrecargado. Algunos síntomas frecuentes son:
- Dolores de cabeza, musculares o abdominales
- Fatiga persistente
- Aumento de la temperatura corporal
- Sudoración excesiva
- Problemas gastrointestinales (diarrea, indigestión)
- Sarpullidos o irritaciones en la piel
- Sequedad bucal y de garganta
- Aumento del apetito
- Consumo de tabaco, alcohol u otras sustancias
- Insomnio o sueño de mala calidad
- Tics nerviosos, irritabilidad, ansiedad, dificultad para concentrarse
- Sensación de frustración o fracaso
- Disfunción sexual
- Problemas laborales o sociales
- Conductas antisociales o evitativas
Si estos signos aparecen con regularidad, es importante buscar ayuda profesional.
Cómo reducir el estrés y proteger la salud cardiovascular
Medidas no farmacológicas
Su objetivo es mejorar el bienestar general y reducir la tensión física y mental:
1. Ejercicio físico
El movimiento es uno de los medios más efectivos para controlar el estrés y reducir otros factores de riesgo como la obesidad, la hipertensión o el colesterol alto.
Para personas sin entrenamiento o con antecedentes cardiovasculares se recomiendan actividades dinámicas como caminar, nadar o andar en bicicleta.
2. Alimentación equilibrada
Una dieta rica en frutas, verduras y fibra, y baja en grasas y azúcares, ayuda a regular el cuerpo.
Es fundamental limitar el consumo de tabaco, alcohol y café, ya que pueden aumentar el nivel de estrés.
3. Dormir lo suficiente
El descanso adecuado —al menos 7 horas por día— favorece la recuperación del organismo.
El estrés es una de las principales causas de insomnio, por lo que incorporar rutinas de relajación puede mejorar la calidad del sueño.
4. Psicoterapia y técnicas de relajación
La meditación, la respiración consciente, el yoga, el taichí o el pilates han demostrado reducir el estrés, mejorar la presión arterial y fortalecer el sistema inmunológico. Cada vez son más los profesionales de la salud que las recomiendan.
Medidas farmacológicas
En situaciones de estrés agudo o cuando los síntomas afectan significativamente la vida diaria, los médicos pueden recurrir a tratamientos farmacológicos como betabloqueantes, ansiolíticos, antidepresivos o hipnóticos.
Los betabloqueantes, por ejemplo, reducen el efecto de las catecolaminas (hormonas del estrés) sobre el corazón, disminuyendo la frecuencia cardíaca y la presión arterial.
Por lo tanto, la identificación y manejo del estrés debe considerarse parte integral de la prevención y el tratamiento cardiovascular, tal como lo reconocen las guías europeas de prevención cardiovascular.